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Según Freud, la melancolía se caracteriza en lo anímico por una depresión profundamente dolorosa, una suspensión del interés por el mundo exterior, la pérdida de la capacidad de amar, la inhibición de toda actividad y una disminución del sentimiento de autoestima que se manifiesta en autoacusasiones y reproches que en el extremo llegan a una expectativa delirante de castigo.

Según un informe publicado por la Revista Argentina de Clínica Neuropsiquiátrica, la melancolía se trata mas bien de la incapacidad para realizar el trabajo del duelo frente a la pérdida del ser amado y objeto de deseo.

Los lamentos y autorreproches de la persona melancólica no mantienen un perfil bajo, sino por el contrario son  expuestos al público. Existe un deseo de comunicar a todo el mundo sus defectos, como si obtuviera de esto una satisfacción. Lo cierto es que el sujeto melancólico disfruta exponer dichos defectos porque, lo que dicen de sí mismos, en el fondo, lo dicen de otro.

Las personas melancólicas son mas bien martirizadores en grado extremo y se muestran como si fueran víctimas de una gran injusticia, razón por la cual también suelen despertar en la persona que los escucha, más irritación en vez de compasión.

Freud sostiene que la persona evita el duelo ante la pérdida de la persona amada a través del recurso de identificarse con el objeto perdido y de reconstruirlo en su propio yo.

Por un lado, la persona melancólica conserva el amor por la ex pareja, pero al mismo tiempo alimenta odio hacia ese amor frustrado. Esto puedo llegar al punto de disfrutar de forma sádica el dolor de la herida abierta permanentemente.

Los primeros trastornos delirantes de la melancolía son la depresión, apatía, lentitud, dificultad para fijar la atención y agrupar las ideas, entre otros. La segunda fuente de dolor psicológico se manifiesta en la forma de desvalorización de uno mismo.

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